viernes, enero 06, 2006

Algo sobre un enorme escritor como Roald Dahl


Roald Dahl: “Un buen libro infantil debe deleitar y empujar a bucear dentro de una historia”

Nació en Gales en 1916, en Llandaff, un pueblito cercano a Cardiff. Su padre de origen noruego, era abastecedor marítimo.
Desde los 9 hasta los 18 años, Roald estuvo pupilo en un colegio de rígida formación inglesa. A tal punto que para escapar del hostil ambiente debía refugiarse en sus sueños.
Sediento de aventura, en 1938 viaja al Africa a la edad de 18 años y trabaja para una petrolera en Tanganica.
En su tiempo libre vuela biplanos.
Estalla la segunda guerra. Lucha en los cielos de Libia, convirtiéndose en héroe de la Real Fuerza Aérea.

Después se casaría con una estrella de Hollywood y regresaría a Inglaterra en la década del 50’. Halla paz en un pueblo al oeste de Londres: Great Missenden, donde escribirá por el resto de sus días, allí en “Gipsy House”, tal el nombre de su casa, típica de la campiña inglesa.

Dahl tuvo cinco hijos. Ophelia, la tercera de ellas es su biógrafa.
Cuando era niña, el escribía para ella. Hoy es ella quien escribe para el. Vueltas de la vida.

El editor parisino de Dahl compara su obra con otro francés disconforme: Marcel Aymé [La yegua verde, La mesa de los cadaveres, La granja maravillosa].

Roald era un excelente jardinero. Adoraba plantar y cultivar sus legumbres.
Empezó a escribir a una edad temprana.
Siendo pupilo, las cartas eran el lazo con su madre. Le gustaba pintar para ella retratos de sus maestros. Escribía no menos de dos cartas semanales desde el colegio (¿Por-que no hacemos esto siendo tan pero tan bello escribir y recibir cartas?).
Y siguió escribiendo desde Africa y por su puesto durante la guerra [aunque llegaran muy espaciadas]. Su madre guardó todas y cada una de las cartas enviadas por Roald. Medio siglo mas tarde Dahl compiló recuerdos de su juventud en base a estas misivas, escribiendo “Boy” y “Going solo”.

Su madre jugó un papel fundamental: generosa y sensible, le transmitió su amor a la naturaliza, llevándolo cada año a su tierra natal: Noruega. Allí le mostró lagos y fiordos a su joven hijo, abriéndole los ojos a la belleza del mundo. Era una costumbre del padre de Roald, quien llevaba a su esposa embarazada a bellos lugares, haciéndole escuchar a Beethoven, para que el niño manifestara sentido por la belleza.
En 1925 debe dejar a sus hermanas y madre, para ir a la escuela Repton, un colegio en Midlands de estricta disciplina. Extraña a su madre. Sufre la nostalgia. Para colmo, un bruto llamado Wilbeforce lo persigue, obligandolo a calentarle la tabla del inodoro en los helados inviernos, durante quince minutos previos a su utilización. Este sujeto usaba a los de nalgas calientes. E inspiró a la Sra. Cachiporra de su obra “Matilda”.

Roald recuerda: “Siempre tenía un libro en el bolsillo de mi saco para leer en las largas sesiones de calentamiento. Debo haber leído las obras completas de Dickens durante mi primer invierno en Repton”.
A Dahl no le había gustado su época. Con el tiempo se volvió famoso y gruñón. Especialmente cuando se lo consideraba sólo como autor para niños. Quizá por eso declaraba en 1990:
Escribir para adultos es intentar entretenerlos. Pero un buen libro infantil debe enseñar palabras, deleitar, empujar a bucear en una historia. Para tener éxito en la vida ellos [los niños], no deben temer a los libros. Si mis historias logran que los niños lean, entonces sentiré que hice algo importante”.

Y los chicos no se equivocan. Su éxito creció en forma ascendente con cada uno de sus libros. Después de “James y el melocotón gigante”, publicó “Charlie y la fábrica de chocolates”, “Las Brujas”, “Matilda” [adorable con las ilustraciones de Quentin Blake].
Y mucho más, escribió para la revista Play Boy, como así también novelas para adultos. Pero parte de su obra pasó inadvertida por esta maldita costumbre de encasillar. Dahl es un soplo de aire fresco, e invita a los escritores a pensar a escribir para públicos diversos.
Entre los jóvenes escritores de la actual literaturar infantil-juvenil hay claros ejemplos de amplitud de escritura: Luis María Pescetti, Pablo de Santis y Guillermo Saavedra son sólo algunos de ellos.

Tan solo es cuestión de dejar volar la imaginación tal como hacían Dahl y Saint Exupery desde sus aviones y también desde sus mentes.

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