
Thanks a lot to Judy Parffit, who gave us a very interesting tip regard to our previous question.
Good luck for all of you!
Bitácora devenida Golfista, temporal y afortunadamente. La sabiduría es ante todo conocimiento de si - proverbio chino.
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Por Daniel Samper Pizano
La ovación se prolongó durante tres o cuatro minutos. El Negro, impedido de todo movimiento del cuello para abajo, no pudo responder más que con sonrisas y agradecimientos entrecortados.
Si algún efecto positivo ha tenido la enfermedad que lentamente paraliza los músculos de Fontanarrosa es el de haber convertido en un cariño desbordado la admiración general por este humorista de 62 años.
Hace cinco, seis años, cuando aún podía caminar por las calles y sentarse en los cafés a conversar de fútbol y seguir con los ojos a las chicas transeúntes, andar con él por Buenos Aires o Rosario, su tierra natal, era como hacerlo con el Pato Donald. Cada diez metros alguien lo detenía para saludarlo o pedirle un autógrafo. Otro le gritaba desde la acera opuesta "¡Sos grande!" o "¡Vamos Central todavía!", en alusión al equipo de fútbol de sus entretelas.
Desde que está impedido es mucho peor. A la gente no le basta con saludar a Fontanarrosa, sino que besarlo se ha convertido en deporte nacional. Digo mal: internacional, porque pude comprobar que en Guadalajara (México) y Cartagena y Barranquilla (Colombia), adonde lo acompañé a participar en charlas sobre el fútbol y el humor, los circunstantes sentían la tentación de acercarse, tomarse fotos con él y dejarle un beso o una caricia como recuerdo. Vale para todos: hombres, mujeres y niños.
- Negro -le comenté una noche en el vestíbulo del hotel de Barranquilla, luego de que un desfile de parroquianos se acercó a saludarlo y a depositar el consabido ósculo en la mejilla o en la calva-: me perdonará que no lo bese, pero mi admiración por usted es puramente espiritual.
- No se preocupe, Samper -replicó-. Sé que usted es un varón tímido, pero también sé que acabará besándome.
Desde que nos conocimos, hace ya más de treinta años, nos tratamos con el curioso "usted" familiar que caracteriza a Bogotá.
Alguna vez, cierto forastero extrañado me preguntó el porqué de semejante tratamiento, e intenté explicarle que en ciertos lugares de Colombia uno no se tutea con los hermanos, con el cónyuge ni con los amigos que quiere. No entendió.
Más tarde, el Negro se fingió desilusionado.
- Pensé que usted me trataba de usted por respeto, Samper, no por afecto; que éramos como Borges y Bioy Casares...
Dentro de esa falsa solemnidad zumbona se ha desarrollado una relación cuyo más firme terreno son la risa, el fútbol, los autores predilectos, las anécdotas y las ocurrencias repentinas. Que en el Negro no son escasas.
Aunque él afirma que su condición de humorista no lo convierte en animador de saraos, y agrega que suele ser un invitado aburrido, eso no es verdad. A diferencia de otros cuya timidez les moja la chispa, Fontanarrosa es muy divertido en plan de cuates.
Era difícil que fuera de otro modo, porque el Negro ha demostrado un extraordinario talento para hacer reír, tanto si se injerta de dibujante como de escritor o conferencista.
En su oficio de dibujante lleva tres decenios publicando caricaturas de lunes a viernes en el prestigioso diario Clarín, y es padre de dos protagonistas legendarios de historieta: el mortífero Boogie el Aceitoso y el gaucho Inodoro Pereyra.
Además de Argentina, Boogie se ha publicado en México, Colombia y otros países de habla española. Dejó de dibujarlo hace años, pero muchos hinchas aún le piden que trace los rasgos del sicario pecoso cuando firma un libro.
De Boogie se publicaron doce tomos y de Inodoro han salido treinta y dos. Otra docena más recoge sus diversos chistes gráficos y las aventuras de un personaje llamado Sperman, el superespermatozoide, cuya infatigable capacidad de reproducirse se marchitó pronto.
Vestido de narrador, Fontanarrosa ha escrito tres novelas y doce libros de cuentos. Uno de ellos, "19 de diciembre de 1971" fue elegido por la revista colombiana SoHo como "el mejor cuento de fútbol de todos los tiempos".
Yo podría haber votado por él, o por muchos otros, porque considero que el Negro es, simplemente, uno de los mejores cuentistas de América Latina. Para probarlo, me remito a "El sordo", una maravilla de historia que circula sucesivamente por la camaradería, el engaño, la cobardía, el orgullo y la ingenuidad, en una trama curva que no cesa de subir, como un tirabuzón. Este cuento se lo juego a cualquiera de los autores del boom.
Faceta menos conocida de Roberto Alfredo es la de conferencista bufo. Digo menos conocida, pero no menos celebrada. Quienes la hemos presenciado gozamos tanto con ella como con su obra gráfica o sus historias.
Sentado ante un auditorio, el Negro expone ideas, elabora teorías loquísimas, relata experiencias o zahiere a sus compañeros de mesa con la entusiasta tolerancia de estos. En el proceso, se convierte en inalterable actor que conserva una actitud casi profesoral durante su exposición, mientras el auditorio revienta a las carcajadas.
Yo lo padecí en Quito en el 2003, cuando acudimos ambos a una mesa redonda moderada por Francisco El Pájaro Febres Cordero, durante la cual hizo reír a costillas mías al público que, para oírlo, había ocupado hasta las escaleras y los retretes del local. Lo peor es que quien más se divirtió con sus tiros fui yo, que era la víctima.
Tres años más tarde, en Cartagena, los escritores que participaban en el Festival Hay le concedieron el premio que se otorga a un compañero: desde una silla, ya casi inmóvil, había mantenido en vilo los presentes en el Teatro Heredia durante una hora explicando con humor lo que era el humor. Cuando terminó, lo aplaudieron de pie y cerraron una larga cola para que les firmara sus libros. Y lo besaron.
Era la época en que el Negro aún podía escribir su autógrafo. Exactamente un año después, el 14 de enero del 2007, anunció a sus lectores que se veía obligado a despedirse del dibujo.
"Finalmente, la mano derecha claudicó -explicó en una carta que publicó la revista Viva-. Ya no responde, como antaño, a lo que dicta la mente. Por lo tanto, e independientemente de que yo siga intentando reanimarla, me veo en la necesidad de recurrir a algunos de los muchos excelentes dibujantes y amigos que tengo para que pongan en imágenes mis textos".
La esclerosis lateral amiotrófica que padece desde hace algo más de cuatro años había alcanzado el punto en que le impedía seguir cumpliendo el oficio de toda su vida. Desde ese día, él describe el chiste cotidiano a su amigo y tocayo, el Negro Crist, y el Negro Crist plasma en rasgos y líneas la idea de Fontanarrosa.
En cuanto a Inodoro, dicta a otro dibujante los globitos e imparte instrucciones sobre las escenas. De esta manera, Fontanarrosa sigue presente en las historietas de Clarín.
Por esas cosas que pasan, uno de los últimos dibujos que pudo terminar antes de que la mano derecha claudicara es el que más podría complacer a su férrea vocación de fanático futbolero.
Cuando los directivos del Rosario Central resolvieron adoptar un nuevo escudo para el club, acudieron a la pluma más ilustre del mundo "canalla", que es como los rivales llamaban a los de Central, y como ellos acabaron motejándose a sí mismos.
Fontanarrosa diseñó un icono digno del siglo 21: nada de torreones medievales, adargas nobles ni lanzas guerreras: lo que vemos es la caricatura de un aficionado en trance de celebrar un gol y un letrero que anuncia, con ortografia fonética, "SOY CANAYA". Fue, quizás, el último dibujo que pudo hacer antes de que se le paralizara definitivamente la mano derecha.
Como muchas ciudades del mundo, Rosario está celosamente dividida entre hinchas del Central y del Newell's Old Boys (el "Ñuls"). La mejor prueba de que Fontanarrosa se halla por encima de los partidos, es que hasta los odiados hinchas del Ñuls, los "leprososo", lo felicitan y saludan, y el Negro se deja querer de ellos y de todos, a veces con risueña resignación.
Hace algo más de un año el Festival Hay le concedió su premio, como relaté atrás, y hace seis meses la Feria del Libro de Guadalajara lo bendijo con el Caterina, reservado a los grandes caricaturistas. Desde que los argentinos descubrieron que era un ídolo internacional, no han parado de rendirle homenajes.
Al regesar del Hay cartagenero a su Rosario natal lo esperaba una multitud, con carro de bomberos a la cabeza de la muchedumbre, mariachi a la cabeza del carro de bomberos y la mamá del Negro a la cabeza de los mariachis. La Alcaldía lo condecoró entonces con su más reluciente medallón.
Después el Senado le confirió la Mención de Honor Domingo Faustino Sarmiento y, al carecer de grados en fútbol o en humor, la Universidad de Córdoba (Argentina) le impuso el honoris causa en ciencias químicas. Lo anterior parece un chiste, pero es más cierto que obtener agua amasando un átomo de oxígeno y dos de hidrógeno.
Si el Negro se descuida, acabará siendo el sucesor de Evita Perón y será llevado a los altares en vez de la Difunta Correa, una mujer que amamantó a su hijo después de muerta, o Ceferino Namuncurá, un mestizo con vocación celestial que resultó condiscípulo de Gardel. Pero Ceferino no ha llegado ni a beato, y el halo de la Difunta es obsequio del pueblo, no del Vaticano.
Fracasados ambos intentos, Argentina, bicampeón mundial de fútbol, sigue sin colar una sola figura en el santoral. De proseguir su carismática carrera entre las fieles hordas, Fontanarrosa corre el peligro de convertirse en émulo de los pastorcitos de Fátima.
- Todos esos premios, esos homenajes populares, esas condecoraciones, esos viajes, esos aplausos -le pregunto un día en Cartagena, mientras tomamos jugo de níspero debajo de un ceibo-, ¿son acaso la gloria?
- Déjeme contarle una anécdota, Samper -me contesta-. A mediados de enero se inauguró en Victoria, pueblo situado a una hora de Rosario, un restaurante de tenedor libre.
Allí va el cliente, paga una suma y come los indescriptibles frutos del asado argentino: churrasco, chorizo, asado de tira, matahambre, colita de cuadril, pollo a la brasa, vacío, bife de chorizo, provolone al orégano... El lugar fue bautizado Parrilla Fontanarrosa, y está adornado con enormes dibujos de Boogie, Inodoro Pereyra, su mujer, Eulogia, el perro Mendieta... Cuando acudo con mis amigos no me cobran nada, y además pido repetición cuantas veces me da la gana. Eso, Samper, es la gloria. Lo demás son efímeras vanidades.
Sursum Corda!, Quique F.
-----------Nota de Albino publicada en Perfil 1.7.2007--------------------------------
El 4 de julio se cumplen quince años de la muerte de Astor Piazolla, y
el autor de ese ensayo, amigo y compañero de correrías porteñas y
neoyorkinas junto al músico, rememora vivencias compartidas, visitas a
esposiciones de pintura y cantinas. La bibliografía que gira en torno
a Astor es numerosa; aún así, o tal vez por eso, Albino Gómez recurre
a su anecdotario personal para arrojar luz sobre algunos aspectos
desconocidos de la vida del maestro, como la vez que "durmió" junto a
la enigmática Greta Garbo…
Lo llamaron Astor en homenaje a Astor Bolognini, un violoncelista
amigo de su padre Vicente. La historia de este pisciano –como él
astrológicamente se reconocía- comenzó el martes 11 de marzo de 1921
en Mar del Plata a las dos de la madrugada, y su vida, aunque no su
historia, se cerró hace quince años, el 4 de julio de 1992 en Buenos
Aires, después de una penosa y larga enfermedad, que lamentablemente
puso fin a su prolífica producción cuando seguía desarrollándose
con una enorme potencialidad creadora en París. Cincuenta años antes,
en 1942, todavía menor de edad, porque en aquellos años la mayoría
comenzaba a los 22, se casó con Odette María Wolf ("Dedé"), una bella
argentina con sangre alemana y francesa, que le dio sus únicos hijos,
Diana y Daniel. Pero hasta llegar a eso, pasaron muchas cosas, entre
otras, vivir desde los 3 años hasta los 16, en Nueva York, con una
breve interrupción de nueve meses, por una vuelta a Mar del Plata, en
un intento de sus padres, Vicente y Asunta, de reinstalarse en esa
ciudad, lo que recién pudieron lograr en 1937.
Claro está que esos años neoyorkinos le dieron a nuestro músico una
base cultural-emocional que selló toda su vida, a través de las
vivencias que significaron sus rebeldías escolares, la amistad con sus
primos italo-americanos de New Jersey, las pandillas barriales de las
que formó parte, sus rechazos al solfeo, sus primeros maestros
musicales; ese primer bandoneón de segunda mano, con cincuenta notas
metálicas y estuche de madera, que aprendió a tocar solo, mientras
recibía lecciones de piano de un maestro húngaro, discípulo de
Rachmaninov, que le descubrió a Bach y a Mozart, enamorándolo de
dichos autores de tal manera, que abandonó sus correrías y peleas por
las calles de Manhattan donde tocaba la armónica o hacía zapateo
americano por moneditas. Y cómo obviar el hecho imprevisible y mágico,
de conocer a Carlos Gardel a los once años, hacer de extra como
canillita en una de sus películas y acompañarlo a las tiendas para
hacerle de intérprete idiomático en sus compras.
Evidentemente el destino estaba tramando algo especial para el niño y
el joven Astor. Se ha escrito muchísimo sobre él -acerca de su
desarrollo musical, desde sus inicios a los 18 años como bandoneonista
de Anibal Troilo -y su arreglador después- en decenas de notas
periodísticas, algunas extraordinarias como la que le dedicara el
músico y poeta argentino Guillermo Anad en la Revista "El Arca" en
diciembre de 2000, que constituye el análisis técnico más profundo
sobre su obra, o en libros tan valiosos como el de María Susana Azzi
y Simon Collier; más las memorias de Natalio Gorín; el entrañable
texto de Diana Piazzolla o las desopilantes historias contadas por
Oscar López Ruiz. Vale decir que todo ello me exime de endilgarles hoy
a los lectores una extensísima relación cronológica de su
producción, por demás ya muy conocida, como todo lo relacionado con
la formación de su primera orquesta con Fiorentino en 1946, la
obtención del Premio Fabián Sevitzky por sus Tres Movimientos
Sinfónicos Buenos Aires, en 1953, seguido esto por la obtención en
1954 del premio de los Críticos musicales con Sinfonietta, que fuera
dirigida por Juan Martinon. Para cerrar ese breve ciclo de ocho años,
con la obtención de una beca del gobierno de Francia para estudiar
contrapunto y composición con Nadia Boulanger. Sin dejar de mencionar
por supuesto, algo tan fundamental como fueron sus cinco años de
estudio con el maestro Alberto Ginastera…Y me detengo aquí para no
violar mi propósito de evitar un sumario ya conocido, porque sólo
pretendo en esta nota recordarlo, con el modesto aporte de mi
testimonio personal a través de algunos encuentros en nuestra larga
amistad fundada en New York en 1958, cuando ya llevaba yo más de una
década escuchando sus grabaciones en los discos de pasta de 78
revoluciones. Porque me tocó nacer en el seno de una familia tanguera,
y mi padre me llevaba desde que yo tenía 10 o 12 años al Nacional, al
Marzotto o al Ebro Bar para escuchar tangos. Y como vivíamos en la
calle Corrientes, al lado del teatro Politeama, pasaba todos los días
para ir a mi escuela, por la vereda del Tibidabo, donde yo sabía que
tocaba Troilo, como también por comentarios de mi padre a sus amigos,
que había debutado en esa orquesta un joven bandoneonista de apellido
Piazzolla.
Mi gusto por el tango estaba determinado por lo que escuchaba en mi
casa, que abarcaba desde los de la Guardia Vieja y Gardel, hasta los
musicales de Francisco Canaro en los teatros, o el refinamiento de las
orquestaciones de Osvaldo Fresedo que ya agregaba instrumentos no
convencionales. También me motivaban las milongas en los clubes de
barrio a las que iban mis primos mayores. Y luego los bailes de los
Carnavales con orquestas de tango y jazz..
Ya veinteañero descubrí mi gusto por el jazz, que en Buenos Aires
tenía como el tango en esos años, grandes formaciones musicales como
las de Eduardo Armani, Luis Rolero con Helen Jackson o Héctor y su
jazz. Pero al mismo tiempo renovaba mi gusto por el tango gracias a la
nueva riqueza musical que comenzaba a recibir a través de Horacio
Salgán y de Astor Piazzolla.
Recuerdo que operado de apendicitis a los 22 años, durante mi breve
internación de tres días, con dos noches, como se me permitiera
instalar en mi habitación del sanatorio un pequeño Cinco, me lo pasé
escuchando "Prepárense" de Astor Piazzolla, grabado en un disco TK por
Anìbal Troilo.
Pocos años después lo vi, aunque desde lejos en la Facultad de Derecho
cuando ganó el Premio Fabián Sevitzky. Pero tardé cinco años más para
encontrarlo y conocerlo personalmente, en mi primer viaje a Nueva York
en 1958. Yo tenía en esa ciudad a varios amigos, y dos de ellos,
colegas míos en el Servicio Exterior, eran amigos y admiradores de
Piazzolla. Ellos me lo presentaron y comenzó una amistad enriquecida
por la estimulante vida cultural que nos brindaba Nueva York, donde
había además un grupo de destacados argentinos vinculados al
periodismo, a la pintura y a la música, como Ana Itelman, Horacio
Estol, Omar del Carlo, Marcelo Bonevardi, Sergio Mihanovich y Enrique
Villegas, entre muchos otros, con quienes compartíamos varias noches
durante los dìas semana, más las tardes de algunos sábados y
domingos. Astor y yo vivìamos a una distancia de apenas cinco minutos
de auto, ya que solo se trataba de cruzar el Central Park, desde la
Quinta Avenida hasta Broadway, a la misma altura, por lo cual nuestros
encuentros eran muy frecuentes.
Astor vivìa en la calle 92 y Broadway, es decir del lado Oeste de la
ciudad, a una cuadra del Central Park. Lo acompañaban Dedé, Daniel y
Dianita, que andarían por los diez o doce años. En ese departamento,
por el cual pasaron decenas de artistas, recaló un sábado por la tarde
Juan Carlos Copes con su compañera María Nieves, que venían de Puerto
Rico y llegaban por primera vez a Nueva York. De inmediato partimos
con Astor y Copes al Barrio italiano a comprar fiambres para la noche,
y ensaimadas para la tarde. En ese tiempo, Astor estaba trabajando en
la música de un ballet para Ana Itelman sobre el tema de "El hombre de
la esquina rosada". Ya había creado su entrañable "Adios Nonino",
cuando se enteró de la muerte lejana de su padre Vicente, que lo sumió
en una profunda tristeza. También apareció por entonces fugazmente en
un par de importantes programas de la televisión local, trabajaba por
las noches en el hotel Waldorf Astoria y casi de una manera permanente
en el Chateau Madrid, un excelente lugar nocturno de música y copas.
Nuestras salidas preferidas eran las idas al cine, a los museos, al
Vanguard en la calle 11 para escuchar jazz, a las exposiciones de
pintura y a las cantinas italianas y españolas, porque el disfrute con
Astor de la comida, siempre fue parte fundamental de nuestra amistad.
También eran importantes los recorridos que hacíamos por un Manhattan
más transitable que hoy en día, como nuestras salidas más lejanas que
incluían Brooklyn, Queens y Long Island. Más allá del Bronx llegábamos
a los Cloisters para sentarnos a escuchar en la paz de los patios de
ese museo-convento, música sacra, mientras podíamos contemplar el río
Hudson, bien azul en verano y tan gris y helado en sus orillas durante
los inviernos. Es que nos fascinaba esa zona muy boscosa llamada
Riverdale, donde vivió, y murió en 1945 uno de los íconos de Astor,
Bela Bartok. Ese lugar, a unos veinte o treinta minutos de Times
Square, o sea del mismo centro de Manhattan, nos regalaba un paisaje
natural tan maravilloso que se nos hacía imposible creer que
pudiéramos estar tan cerca de esa tumultuosa y vibrante ciudad
neoyorkina. Por supuesto, también eran inafaltables nuestras largas
tenidas nocturnas de charlas y discusiones sin fin sobre cine, música,
libros y hasta sobre política.
No quisiera, por haber contado ya infinidad de veces en varios medios,
las circunstancias que me permitieron presentarle en Nueva York a
Astor, a Igor Stravinksy, pero si vale la pena que vuelva a señalar
algo que sólo los ìntimos conocen, y es la timidez de nuestro músico
frente a sus ídolos, porque ante la sorpresa de que era realmente
verdad que yo podía presentarle al gran músico ruso, ya frente a él,
no le salía ni una palabra de saludo, sus piernas como él mismo contó
en algún reportaje, temblaban y no podía articular una sola palabra.
Sólo al día siguiente pude reunirlos y hacer provechoso para Astor el
encuentro. Pero en cambio, voy a utilizar ese espacio para referir
otra circunstancia demostrativa de su gran timidez frente a una
persona que admiraba artísticamente con pasión: Greta Garbo. Porque
estuvo sentado a su lado en una vuelo en primera clase de Aire France,
desde París a Nueva York, no recuerdo ahora si eso ocurrió en 1977 o
1978. La gran capelina cubría el restro de la actriz y la inmovilidad
de su sueño, que la mantuvo sentada durante todo el viaje no pidiendo
ni un vaso de agua, le impidió, a quien era normalmente muy audaz y
capaz de cualquier picardía o estrategema, inventar nada para
intercambiar un par de palabras con ella. Otra vez su timidez. Por
supuesto, eso le impidió pegar un ojo durante toda la noche del viaje,
y sentirse totalmente frustrado. Su amada actriz "pasó la noche con
él", durmiò a su lado, y nada, ni una palabra.
El hecho es que casi al mismo tiempo, tanto Astor Piazzolla como yo
dejamos Nueva York, Continuó nuestra amistad en Buenos Aires, donde
tuve oportunidad de escribir una letra para su tema "El mundo de los
dos", que me pasó en su departamento de Entre Rìos y Venezuela, donde
todavía sigue viviendo Dedé. También le hice entonces otra letra para
la vidalita que fue uno de los temas musicales de la película "Paula
cautiva". "El mundo de los dos" lo estrenó en 1962 en el recién
inaugurado boliche "676", con su quinteto integrado por Jaime Gosis,
Oscar López Ruiz, Elvino Vardaro, Quicho Días, y la voz de Héctor de
Rosas. Luego, en 1963 lo grabó. En Buenos Aires reanudamos la vida
nocturna que hacíamos en Nueva York, siguiendo todas sus actuaciones
en diversos boliches como Jamaica o La Noche y en sus conciertos en
universidades. También compartió Piazzolla en ese tiempo, los estudios
de la Radio Municipal, en su modesto sótano debajo del Teatro Colón,
con la orquesta de Aníbal Troilo y con el dúo Salgán-De Lío, gracias a
la renovación cultural y musical que le impuso entonces a la emisora
de la Ciudad, el doctor Virgilio Tedín Uriburu con Ricardo Constantini
y Julio Alvarez Freyre. Por supuesto, Astor tenía grandes admiradores,
pero asimismo numerosos detractores que negaban que su música fuese
tango. Pero Astor decía que había sido admirador y seguía siéndolo,
de las orquestas de Julio de Caro, Osvaldo Fresedo, Elvino Vardaro,
Osvaldo Pugliese y Aníbal Troilo. Como también manifestaba su
admiración, entre otros músicos, por Horacio Salgán. Atilio
Stampone, y Leopoldo Federico. Pero que no podía escribir ni sentir
como ellos por no poder ni querer imitarlos. Y en cuanto a lo que se
decía acerca de que empleaba ritmos y armonías modernas en sus tangos,
sencillamente aclaraba que se trataba del "nuevo tango", y que no
sería un error vaticinar que eso que hacía en ese momento, en un
futuro no muy lejano, habría de ser tildado de antiguo. En 1969,
mientras me desempeñaba como director de programación del Canal 7, en
un finalmente frustrado intento de transformarlo en un canal cultural,
fui designado jurado técnico internacional para el "Festival de danza
y canción de Buenos Aires", que se desarrolló en el Luna Park, y
compartí ese honor con Francisco García Gimenez, Lucio Demare, Hamlet
Lima Quintana, Eduardo Lagos, Horacio Malvicino y Chabuca Granda. En
dicho festival Piazzolla presentó la después famosísima "Balada para
un loco", con letra de Horacio Ferrer y cantada por Amelita Baltar, a
la que los integrantes del jurado técnico votamos para el primer
premio pero que lo perdió por la decisión del voto popular, que le
otorgó dicho premio al tango "El último tren" de Julio Ahumada. Este
tango tuvo una sola grabación, la del propio concurso, y nunca otra
más. En cambio, la "Balada para un loco", como es bien sabido,
constituyó un éxito mundial. Después, la vida y los trabajos nos
llevaron por distintos países, pero seguimos escribiéndonos y
encontrándonos, por ejemplo, en Nueva York cuando viajé para cumplir
con un trabajo de Clarìn, mientras Astor llegaba desde París, donde
estaba viviendo, invitado en el marco de los festejos del "Columbus
Day" para interpretar tres temas suyos orquestados por él para los
cincuenta músicos de la Filarmónica de Nueva York, y que tuve el
enorme placer de escuchar en el Madison Square Garden. Para ese
concierto también llegó Diana desde México, donde estaba exiliada
duraante el tiempo de la última dictadura militar. Ese viaje desde
París fue el del otro ataque de timidez frente a Greta Garbo. No me
queda ya espacio para seguir hablando de nuestros encuentros, pero al
menos quisiera agregar el que tuvimos cuando siendo embajador en
Suecia, pude recibirlo en Estocolmo dos veces. La primera fue cuando
dio un deslumbrante concierto con su quinteto en el mejor teatro de la
ciudad colmado en su capacidad para 1200 espectadores, quedando más de
trescientos afuera de la sala, sin poder lograr un lugar. La grabación
de ese concierto, con las palabras previas de Piazzolla en su flúido
inglés se sigue pasando todavía hoy, después de veinte años, en la
Radio Sueca. La segunda fue cuanto participó con el mismo quinteto
meses después, en verano, en un festival de jazz a orillas del
Báltico. Por supuesto, en las dos oportunidades comimos con todos los
integrantes del quinteto en mi casa, donde charlamos y escuchamos
hasta el amanecer una selección de temas suyos que preparé gracias a
mi discoteca, cuya "sección Piazzolla" tenía en 1986 cerca de sesenta
casetes. En los comienzos de los años cincuenta, con mis jóvenes
amigos, ya considerábamos a Astor Piazzolla un equivalente a George
Gershwin, porque como él estaba creando una gran música partiendo de
las raíces populares de la ciudad. Y como decía Guillermo Anad en el
trabajo que antes citara, a pesar de no haber sido un "tanguero", o
quizá justamente por eso, llevó el Tango a terrenos insospechados,
donde acaso ya no hacìa falta sentir "el temblor de las baldosas de un
bailongo", sino más bien la kepleriana música que produce la Tierra al
desplazarse en el Universo.
Es difícil explicar el cúmulo de sensaciones que experimentamos los fanáticos del golf el inolvidable domingo paternal.
Gustavo Fillol Day escribió una crónica fenomenal en ESPN, transcribo la misma por-que me sentí muy/muy identificado.
Disfrutadla!
De entrada estábamos incómodos. ¿Cómo se supone que se debe mirar una ronda de golf por TV? ¿Hay que gritar? ¿Hay que festejar los buenos tiros? ¿Hay que abuchear al rival, aunque no pueda oírnos?
Sí, justamente porque no puede oírnos. Es algo que nunca haríamos si estuviéramos en la cancha. Pero acá, frente a la TV, podemos ser tan antideportivos como para festejar el error del contrincante.
Cada vez que Tiger erraba un putt para birdie, gritábamos como endemoniados. Pero yo les decía: "Ojo con Furyk. Este tipo ya ganó un U.S. Open, y tiene esa mirada... no me gusta nada".
Fue una de esas veces en que odio tener razón. Furyk se embaló en los segundos nueve y embocó tres birdies seguidos. Mis amigos tuvieron que soportar el "Les dije... Les dije..." unas ochocientas veces.
Y Tiger seguía ahí. No metía los putts para birdie, igual que el sábado, algo raro en él, pero entendible en esta cancha. Eso lo igualaba con Cabrera. Los dos pegan el drive como elefantes, y son excelentes con los hierros. La desventaja de Cabrera frente a Tiger y al resto de los ganadores de Majors, es que Tiger y el resto por lo general meten putts. Cabrera por lo general no. Pero en esta cancha eran todos Cabrera. Nadie metía.
Claro que nosotros no pensábamos que era por la velocidad y el movimiento de los greens, sino por nuestro griterío desmesurado.
Cada vez que Tiger jugaba un putt, mis amigos vociferaban el nombre de algún conocido mufa.
En uno de los tantos intentos de birdie "metibles" de Tiger, uno de mis dos amigos gritó un nombre fulminante. La pelota, que parecía irrevocablemente destinada al hoyo, se desvió en el último instante y no entró.
"¡Se la saqué del hoyo! ¡Se la saqué del hoyo!", decía mi amigo, debajo de la montonera que armamos para festejar ese putt fallado.
Después, con todos de regreso a sus lugares, agregó preocupado: "Pronuncié ese nombre... Nunca pensé que iba a animarme a tanto. Ahora debo atenerme a las consecuencias".
Enseguida llegó el derrape de Cabrera. Bogeys en el 16 y el 17, después de que parecía que se había metido el título en la bolsa con el birdie del 15.
"¿Por qué sufro tanto por un tipo que nunca vi en persona y que se va a hacer millonario?", dijo uno de mis dos amigos, como para quitarle dramatismo al momento.
Pero no había forma de sacarle dramatismo. Los tres estábamos temblando.
"Si fuera un amigo, o alguien de tu familia, estarías como loco, ¿no?", le contesté yo. "Bueno, un tipo de tu país es lo más cercano que tenés a vos, después de tu familia y tus amigos".
Todo para tratar de distraernos un poco, y bajar la tensión, pero no había caso.
Comprábamos par en el 18. Después del birdie del 15, uno de nosotros había dicho que Cabrera ganaba con dos bogeys y un par. Yo no estaba tan seguro. Pero ahora el Pato ya había hecho los dos bogeys, así que comprábamos par.
No lo dije, pero cuando la pelota de Cabrera terminó en la parte más alta del green del 18, yo rezaba para que hiciera sólo dos putts. Ni pensaba en el birdie.
El Pato casi me de la sorpresa y lo mete. Lo dejó mucho más cerca de lo que yo esperaba, y se fue alzando el puño. Tampoco lo dije, pero para mis adentros pensé que era un festejo algo prematuro.
Como para auto convencerme comenté: "Está festejando lo bien que jugó el torneo, no está pensando que ya ganó".
La historia dirá que Cabrera ganó el torneo cuando Jim Furyk agarró el palo más largo de la bolsa en el hoyo 17.
Yo había ido al baño, en otro intento por descargar la tensión, y escuché que me gritaron: "¡El Tucán sacó el drive!"
Volví corriendo, con todo a medio acomodar, y riéndome por el apodo improvisado para Furyk pregunté: "Pero ¿no vio que Cabrera hizo bogey?"
No, no lo había visto.
Furyk dijo después del torneo que no había tablero en la salida del 17. Que estaba intentando adivinar qué pasaba adelante, en el grupo de Cabrera, pero que no estaba seguro.
"Escuché unos murmullos", comentó Furyk en una entrevista posterior. "Era obvio que Ángel había fallado un putt, pero no sabía si era para par o para birdie".
De todas maneras, nada habría cambiado. Furyk dijo que, si jugara otra vez ese hoyo, volvería a usar el drive.
Si acertaba el centro del fairway, en su opinión, tenía una "avenida" hasta el green. Si fallaba por la derecha, no era grave; le quedaría un buen ángulo a la bandera. Tiger más tarde hizo par desde el bunker de ese lado.
Y si fallaba por la izquierda, él estaba seguro de que sería corto del green, y tendría una entrada razonable.
Pero la adrenalina te hace pegar más largo, y a Furyk le pasó lo único que no le podía pasar.
Largo y por la izquierda. En un rough impiadoso, y sin green entre él y la bandera.
Furyk, que no tiene la distancia de Woods o de Cabrera, comentó meneando la cabeza: "Nunca pensé que podía pegarle tan fuerte".
El bogey de Furyk dejó a Cabrera sólo en la punta, y únicamente quedaba Tiger.
A Woods le alcanzaba con una madera 3 para llegar al green en el 17, y con dos putts, o con approach y putt, buscar el birdie que lo pondría a la altura del Pato. La tiró al bunker de la derecha, y desde ahí no pudo bajar el hoyo.
Cuando la pelota salió de la arena parecía perfecta para dejarla dada, pero picó en la parte más alta del green, y por lo tanto la más seca y la más dura. Pasó por al lado del hoyo y salió del green.
Argentina respiró.
Woods la devolvió al green y embocó otro de los cuatro putts comprometidos para par que tuvo en los segundos nueve hoyos --"Metí esos, pero no metí los que eran para birdie", diría Tiger después--, y se fue al 18 sabiendo que era 3 o nada.
El silencio en casa era sepulcral.
"Es Tiger", dije yo.
"Es Oakmont", me contestaron.
"Es el 18, el más difícil de la semana", agregaron.
"Pero es Tiger", insistí.
La salida de Woods terminó apoyada contra el rough, y en otra muestra de espíritu antideportivo nos pasamos 10 minutos calculando cómo le molestaría a Tiger el pasto largo que se interpondría entre la cara del palo y la pelota.
A Tiger no le importó. Con el wedge se llevó todo. Pelota, pasto, tierra y las ilusiones de un país. Fue el vuelo más largo de una pelota en los últimos 39 años de historia argentina. Yo no había nacido cuando Roberto De Vicenzo ganó el Open Británico. Tampoco mis amigos, ni Cabrera.
Siempre me desveló esa historia del Open, y el propio De Vicenzo me la ha contado alguna vez, así como la anécdota de la tarjeta mal anotada en Augusta.
"Bueno, si Tiger hace 3, será el desempate que no tuvo De Vicenzo", me animé a decir.
"Callate", me dijeron.
Tiger, según relató después, apuntó a la derecha de la bandera, con la esperanza de que la pelota mordiera y quedara allí, para un putt ideal en subida. La pelota picó justo donde Woods quería, pero no frenó. Nada frenaba a esa altura del día en los greens de Oakmont.
La pelota siguió hasta el fondo del green. Desde allí le quedaba a Tiger un putt "con triple caída", según él mismo describió. "Primero a la izquierda, después a la derecha, y finalmente otra vez a la izquierda hacia el hoyo".
No era muy distinto del putt que había tenido Cabrera poco antes.
"Si el Pato desde ahí casi la mete, Tiger, que es mucho mejor arriba el green, la puede meter perfectamente", sugerí con mi ya descubierto pesimismo.
"Callaaaaaaaaateeeeeeeee", insistieron.
"Sólo describo la realidad", me defendí en voz baja.
La realidad es que esta vez no tuve razón. Cabrera jugó ese putt mucho mejor que Tiger. Tiger no la dejó ni cerca. Nunca tuvo chance. Desde que salió la pelota supimos que no hacían falta maleficios ni invocaciones peligrosas.
Antes de que la pelota terminara de rodar, estábamos los tres abrazados, gritando por un hombre de Córdoba que todavía no hemos tenido el placer de conocer en persona.
"Dale campeóóóóóóóón, dale campeóóóóóóóón".
Un rato después, Tiger nos demostró a nosotros tres lo que es ser un caballero.
"Ángel jugó una ronda de golf excepcional", dijo Woods, "y nos puso mucha presión a Jim y a mí".
Nos quedamos boquiabiertos. No sé que esperábamos del jugador que habíamos abucheado durante toda la tarde. Que le echara la culpa al árbitro. Que despotricara por su mala suerte. Que criticara lo duro que estaban los greens. Pero nada de eso.
El número uno del mundo reconoció los méritos del rival, y nada más.

