lunes, febrero 15, 2010

Néstor Astarita: medio siglo con el jazz

Nota de Camilo Sanchez, publicada en Clarín
Toda mi vida he sido baterista, pero también un promotor de jazz. Y a la vez, llevo 30 años organizando eventos y congresos. Por ahí eso me viene de mi viejo, Arístedes Astarita, que era empleado de la Picaluga, una textil de Barracas, y juez y organizador de festivales de box. Primero, en el Barracas Central, y después, en el Luna Park. 

Soy un laburante. A veces con un piso en Belgrano de 120 metros cuadrados, con un Mitsubishi cero kilómetro en la cochera. Y a veces, vendiendo un Rolex para capear la tormenta y llegar a fin de mes. No se puede ser un músico de jazz y tener una vida normal.

Sigo festejando, este año, los cincuenta como músico. Se armó un ciclo que duró tres meses en el Museo Histórico Sarmiento, el viernes estoy en el Centro Cultural Borges, con el Trío Baraj Astarita, Remus. Y el 27, gratis, en el Centro Cultural San Martín, vamos a repasar parte de la historia con una reunión con los músicos amigos. 

A veces, ni yo lo puedo creer. Miro hacia atrás y veo que he compartido jam session aquí, o en el exterior, con Lionel Hampton, Oscar Alemán, Duke Elligton, Ella Fitzgerald, Dino Saluzzi, Paco de Lucía, Hermeto Pascoal, Dizzy Gillespie, Stan Getz, Coliman Howins. No me puedo quejar.

De pibe, iba a todos los bailes. Una noche, en Leales y Pampeanos, tocaban los Geogians Jazz Band. Y descubrí el jazz, descubrí la libertad con la que se manejaban en escena y fuera de ella. Tenía 15, 16 años. Me convertí en plomo y asistente del grupo, les cuidaba los instrumentos mientras cenaban. A los 17 estaba ahí, arriba, con ellos, tocando la batería. 

Todavía tengo, en casa, las dos agujas de tejer pesadas, de mi vieja, con las que les daba de chico a las cacerolas, encerrado en mi cuarto. Yo me hice baterista así, escuchando discos y tocando sobre ellos. A los 7 u 8 años. Después, más tarde, de adolescente, tomé clases con Alberto Alcalá. 

Una cosa inolvidable fue el boliche Jamaica. Un lugar mínimo, muy chiquito, en el Bajo, estaba en San Martín entre Marcelo T. de Alvear y Paraguay. Pasaban todos por ahí: el quinteto de Piazzolla, el dúo Salgán-De Lio se armó y tocó por primera vez en ese lugar, toqué mucho en ese espacio con el Gato Barbieri. Allí soplaba su trompeta Fats Fernández. 

En un momento, acompañaba a Sandro, a Piero, y grababa jingles con Baby López Furst. Entraba algo de plata y se armó Jazz & Pop. Era la dictadura militar. Cualquiera que tenga memoria sabe que ese lugar era un paréntesis en medio del silencio de aquellos años. Todavía me cruzo con gente que me lo agradece. 

La vida muchas veces gira sobre sí misma. Una noche, con los Georgians, hacía un solo de batería en Huracán y la barra de Pugliese, porque eran tiempos de típica y jazz, media hora y media hora, me empezó a apurar, y yo a darle duro a un parche, de la bronca, y se me rompió el tambor. Así, sin pensar mucho, lo saqué del atril y rompía los pedacitos del parche y se los arrojaba, en la cara, a la barra de Pugliese. Casi me matan. Me tuvieron que subir al micro. Y hoy, cuando suena La yumba, en una milonga, porque hace años que bailo tango, aparece esa cadencia que me pega acá, en el pecho. A veces, de verdad, no puedo seguir bailando. 

Estoy a punto de concretar uno de los últimos grandes sueños de mi vida jazzera. Planeando la posibilidad de viajar a fin de año a Nueva York, para grabar un disco con el Gato Barbieri, Carlos Franzetti y Eddie Gomez. Me estoy dando una máquina con eso. 

Siempre toqué con los ojos cerrados. No hay que pensar cuando se está tocando, sólo dejarse envolver por una aureola de felicidad, por encontrar el idioma en común, el lenguaje necesario de esa noche entre los músicos y, lo mejor, entonces, que esa conversación baje, avance entre el público, entre los que están esa noche en esa sala. «


Néstor tocando (junto a otros artistas fenomenales):


Néstor haciendo arreglos (cosa algo mas compleja y que requiere de cierta dosis de humildad y grandeza):